Andrea Michelle Cruz González
Licenciatura en Comunicación Social
División de Ciencias Sociales y Humanidades 

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Recuerdo muy bien ese día, estaba nublado y como siempre, hacía frío. El mar de nubes que se veía abajo de nosotros y sobre las montañas contiguas me pareció más infinito aquella vez. Desde que llegué aquí siempre tomaba al menos un minuto del día para contemplarlo, suspirar y gozar de una ráfaga de viento frío que estimulaba todos los poros de mi cuerpo.

Me encantaba la profundidad del verde de los árboles en las montañas lejanas que varias veces se perdían de vista en las épocas frías del año, cuando los vientos invernales traían consigo a nuestra buena amiga: la neblina. Siempre me ha gustado la neblina, es como un pequeño beso de lluvia que hace invisible todo.

A pesar de usar siempre mi rebozo, tenía frío, pero mis manos siempre conservaban el calor. Creo que es una cualidad magnífica si vives entre dos cielos.

La vida que llevaba en mi nuevo hogar era distinta, había más gente, hacía más frio, había más pinos y las montañas de aquí me parecían más imponentes que en el otro pueblo. No extrañaba nada de mi vida antes, después de todo por eso nos fuimos, porque ya no vivíamos tranquilos.

Recuerdo que era sábado, no recuerdo con exactitud la fecha, pero era enero. Lo sé porque era temporada de café y justo ese día regresaba mi papá del campo después de varios días de ausencia por la cosecha.

Llegó al atardecer. Mi mamá le sirvió frijoles, quelites, tortillas calientes y café. Comió sospechosamente rápido, se levantó, agradeció y se metió a bañar. Jamás entendí cómo soportaba bañarse con agua fría incluso en invierno.

Más tarde descubrí porqué tenía tanta prisa. Yo estaba en la cocina con mi mamá y mi hermana cuando llegaron unos hombres a la casa, pero no me dejaron ver quiénes eran. Hablaron por casi una hora con mi papá y luego se fueron.

A los diez minutos mi papá entró a la cocina.  

—Tere, te vas a casar— me dijo sin siquiera verme y luego tomó rumbo hacia el centro del pueblo a echarse un mezcal.

Ni mi madre ni mi hermana dijeron algo, sólo bajaron la cabeza, mientras yo apenas sentía los latidos de mi corazón.

A la mañana siguiente me desperté temprano para la misa de siete y sujeté la mano de mi hermana cuando se ponía sus huaraches.

—¿Sabes cómo se llama? — pregunté.

—Tiburcio

—Muéstrame quién es, por favor.

—Apúrate, ya es el último repique.

En la misa, mi hermana me dijo que nos sentáramos hasta adelante, para poder verlo bien del lado de los hombres. Los nervios me invadían y lo único que hice fue rogarle a Dios que pareciera buen hombre, buen mozo y que fuera joven.

Antes de comenzar la misa y cuando ya todos los hombres estaban acomodados en su lado del templo, mi hermana susurró:

—Es el de blanco.

Lo vi, agaché la cabeza y lloré.

Él tenía treinta y seis, y yo catorce…

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